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Relato de Carmen Cortés

FEBRERO DE 2025

 

Mi querido esposo, mi compañero de la vida:

Hoy hace 59 años que decidimos unir nuestras vidas. Ha sido una lucha de felicidad, sufrimiento y sacrificio; años duros de trabajo para sacar la familia adelante. Tres hijos estupendos que Dios nos concedió y ellos nos han hecho muy felices al darnos cuatro nietos maravillosos.

Con mucho esfuerzo, apuros y mucho trabajo los hemos visto crecer, venciendo todas las dificultades que fueron saliendo, pero siempre juntos. También hemos disfrutado viajando, queriéndonos, siempre juntos.

Ahora, ya mayores, nos vemos deteriorados y enfermos. Yo con mis piernas inquietas que no nos dejan dormir. Esos masajes que con tanto cariño me das y me tranquilizan, pero duran muy poco.

Pido a Dios que los años que nos quede de vida nos cuidemos mutuamente y que nuestro amor, que tanto nos hemos dado, nos dé fuerzas hasta el final.

Siempre juntos.


Esta carta va destinada a mis dos madres, la de la Tierra y la del Cielo.

Mis queridas madres, cuánto os he necesitado.

A mi mamá Aurora, que pronto te fuiste, con 33 años, dejando a tres niñas. Yo tenía 4 añitos. Vivíamos en Madrid, pero al irte tú, me llevaron los padres de mi padre a Zaragoza. Eran muy mayores, ni me conocían y yo tampoco a ellos. Me dieron mucho cariño, pocos caprichos —eran tiempos duros de la posguerra— y mucha escasez.

Ahora voy a expresar mi sentimientos contigo. 

Te he echado tantas y tantas veces en falta, y me he sentido tan sola, cuando siendo niña oía llamar «mamá» a mi amigas. Esa palabra tan bonita que yo no podía decir. Esos besos y caricias que recibían de su mamá. Cuánto te necesitaba. Cuando tuve mi primera regla, asustada, sin saber nada y tú no estabas para explicarme y aconsejarme.

Pasaba mi juventud con alegría y penas. Me hice una buena modista. Mi padre me obligó a venir a Madrid y separarme de mi abuelos. ¡Qué difícil fue la convivencia con la mujer de mi padre y hermanos! Cuando conocí a mi novio, que tan bueno fue conmigo, y yo no podía contarte nada. Cuando me casé y tú no estabas para acompañarme. Cuando tuve a mi primer hijo, y tú no estabas. A mi segundo hijo, una niña preciosa, y tú no estabas. Llegó el tercero y tú no estabas. ¿Sabes que ese niño vino con problemas? Y la madre tan luchadora que he sido para sacarlo adelante, y tú no estabas para ayudarme. Cuánto y cuánto te he añorado. Qué orgullosa te sentirías de tus nietos, como yo lo estoy de los míos.


Mi madre del Cielo, la Virgen, mi refugio y consuelo.

Cuando era niña, a la iglesia que había en mi colegio iba muchas veces a visitarte. Me sentía triste y sola. Hablaba contigo pidiéndote ayuda y protección. Salía de allí tranquila y reconfortada. Te sentía a mi lado. Miraba al cielo y te daba gracias. Cuántas y cuántas veces te he ido a visitar al Pilar. Madrugaba para ir a misa antes de ir a trabajar. Siempre que te he pedido ayuda, me la has concedido.

Ahora, madre querida del Cielo, te pido de nuevo. Tú que has sufrido tanto con tu hijo, que le digas que cure al mío, que tan delicado está de salud. Seguro que te hará caso. Madrecita, ayúdale.

Me despido de vosotras dos. Ahora ya soy mayor y pronto llegará el día que me reuniré con vosotras, pero dadme una tregua, por favor, para que pueda cuidar de mi esposo e hijo, que tanto me necesitan. Protege a mis hijos y nietos.

Os quiere, Carmen.

Relatos de Carmen Cortés.

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