El hombre que no podía quedarse quieto
El hombre que no podía quedarse quieto
A Julián le gustaban los trenes nocturnos. Había algo en ese traqueteo constante, en esa cadencia casi hipnótica, que le parecía más honesto que el silencio absoluto. Dormir en
movimiento, pensaba, era una forma elegante de engañar al cuerpo.
Lo descubrió tarde —como casi todo lo importante—, cuando el insomnio dejó de ser una anécdota y empezó a convertirse en una forma de vida.
Aquella noche viajaba de Madrid a Lisboa. Un trayecto lo suficientemente largo como para intentar dormir, pero no tanto como para confiar en conseguirlo. Llevaba un libro que no pensaba leer y una almohada de viaje que sabía, de antemano, inútil. Los rituales, al final, no siempre buscan eficacia; a veces solo intentan mantener la ilusión de control.
Se acomodó junto a la ventana. Afuera, la ciudad se deshacía en luces dispersas, como si alguien hubiese sacudido un puñado de estrellas sobre el asfalto. Dentro, el vagón respiraba ese aire denso de los espacios compartidos: murmullos, bolsas, el leve crujido de los asientos.
Julián estiró las piernas.
Y esperó.
Siempre había un momento previo. Un intervalo engañoso en el que el cuerpo parecía dispuesto a cooperar. Como un pacto que uno sabe que no se va a cumplir, pero aun así firma.
A los pocos minutos, comenzó.
Primero, una sensación leve, casi inocente. Un cosquilleo en la pantorrilla derecha. Luego, la izquierda respondió, como si no quisiera quedarse atrás. Julián cerró los ojos, respiró hondo. Conocía ese lenguaje.
No era dolor. Ojalá lo fuera. El dolor, al menos, tiene límites claros. Aquello era otra cosa: una incomodidad difusa, una electricidad blanda que se expandía sin prisa pero sin pausa.
Movió el pie. Apenas un gesto.
Silencio.
Durante unos segundos, el cuerpo pareció conformarse. Pero era una tregua falsa, como esas pausas en mitad de una discusión que solo sirven para tomar aire.
El cosquilleo volvió. Más insistente.
Julián suspiró y se incorporó ligeramente. Miró a su alrededor con discreción: una pareja dormía frente a él, sus cabezas inclinadas en direcciones opuestas como dos relojes mal sincronizados. Un hombre mayor leía bajo una luz tenue. Nadie parecía notar nada.
—Claro —pensó—, ¿qué iban a notar?
Se levantó con cuidado y caminó por el pasillo.
Ahí, de pie, el cuerpo se aquietaba. No del todo, pero lo suficiente. Como si el movimiento fuera una especie de soborno que el sistema nervioso aceptaba regañadientes.
Avanzó hasta el final del vagón. Regresó. Repitió el recorrido.
El tren seguía su camino con una serenidad casi insultante.
En uno de esos trayectos, coincidió con la revisora, una mujer de unos cincuenta años, mirada despierta y gesto amable.
—¿No consigue dormir? —preguntó ella, sin juicio.
Julián dudó un instante. Siempre dudaba al explicarlo.
—No es exactamente eso —respondió—. Es más bien que… mi cuerpo no parece estar de acuerdo con la idea.
Ella asintió, como si entendiera más de lo que decía.
—A veces pasa —contestó—. Hay noches que no son para quedarse quieto.
Aquella frase le resultó extrañamente precisa. No era una solución, pero sí un reconocimiento. Y a veces eso bastaba.
Volvió a su asiento. Se sentó. Contó mentalmente hasta veinte.
Diez… doce… quince…
La sensación regresó, esta vez más amplia. Ya no eran solo las piernas; había una especie de eco en los brazos, una inquietud sutil que subía como una corriente tibia. No siempre ocurría, pero cuando lo hacía, el cuerpo entero parecía implicarse en la conspiración.
Julián apoyó la cabeza contra la ventana. El cristal estaba frío. Afuera, la noche era un bloque compacto, sin fisuras.
Recordó, sin querer, a su padre.
Decía que dormir era un acto de confianza. “Te tumbas —explicaba— y asumes que el mundo no va a desmoronarse mientras cierras los ojos”. Julián, con los años, había llegado a sospechar lo contrario: que el cuerpo, en ciertos casos, desconfía incluso de sí mismo.
Sonrió apenas.
Se levantó otra vez.
El trayecto continuó así: intervalos de quietud, pequeñas caminatas, intentos fallidos, resignación intermitente. Una coreografía invisible que nadie más parecía notar.
En algún momento, cerca de la madrugada, el cansancio logró imponerse. No fue una victoria épica, sino una rendición parcial. Julián se quedó dormido durante unos minutos —quizá media hora—, un sueño ligero, frágil, como una taza al borde de la mesa.
Despertó sin sobresalto.
El tren seguía en marcha. Algunos pasajeros empezaban a moverse. La noche se aclaraba tímidamente, como si el día dudara en entrar.
Julián estiró las piernas.
Silencio.
Por primera vez en horas, no había urgencia. Ni cosquilleo, ni electricidad. Nada. Solo una calma breve, sospechosa, pero real.
No la celebró. Había aprendido a no hacerlo. Las treguas, en su caso, eran siempre provisionales.
Miró por la ventana. El paisaje empezaba a definirse: campos, líneas de árboles, alguna casa aislada. Todo parecía en su sitio.
Y entonces pensó —no sin cierta ironía— que quizá nunca se trató de dormir bien. Quizá se trataba de aprender a habitar ese movimiento constante sin dejar que lo definiera del todo.
El tren redujo la velocidad.
Lisboa se anunciaba en el horizonte.
Julián recogió sus cosas con calma. Se puso la chaqueta, ajustó la mochila. Al ponerse de pie, notó un leve cosquilleo en la pierna izquierda.
Sonrió.
—Claro —murmuró—. Ya llegábamos.
Y salió al andén con esa sensación ambigua de quien no ha descansado… pero, de algún modo, ha resistido.
Porque hay batallas que no se ganan. Solo se atraviesan.
José Manuel Gómez Montero
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